diciembre 24, 2010

Como un reloj de arena

¿Sabes qué es lo que más me asusta de que pase el tiempo? Precisamente eso, que pasa. Que no voy a volver a vivir lo que estoy viviendo ahora. No voy a sentir como siento ahora mismo. No voy a querer lo que quiero. Da igual que ahora le ame más que a nada en el mundo, dentro de un tiempo, sea cuánto sea, habrá acabado. No olvidado, no. Las cosas importantes no se olvidan nunca, no importa lo que digan. Pero lo que ahora llena mi vida, no tendrá sentido alguno. Todos esos sentimientos, todas esas emociones, sensaciones, opiniones, gustos, deseos, impulsos... no serán más que polvo en el viento. Quedará un lejano recuerdo, un atisbo de que un día pasaron. Nada más.

Poco a poco el tiempo te va quitando cosas. Vas perdiendo lentamente. Surge algo nuevo. Algo se apaga. Principios y finales a lo largo de tu vida. Poco se mantiene, pero agárrate fuerte a eso. Será lo que tiña de color cada mañana, por lo que merezca la pena luchar cada segundo para, esta vez, no dejarlo pasar. Que te acompañe cada día, cada noche, el resto de ellas. Lucha, aférrate a ellas, no las dejes pasar. Mantén viva esa llama el tiempo que puedas.

Sólo espero no despertarme dentro de unos años y verme sola en casa. En mi mundo, un planeta solitario, sin satélites. Que todos se hallan ido de mi lado. Que no pueda compartir mi vida con nadie, que esté vacía. Que no le importe a nadie, que no tenga ninguna ilusión por vivir. Que simplemente me limite a mirar cómo los segundos pasan en el reloj de la cocina, bebiendo un café quizá ya demasiado frío. Frío, a juego con el corazón. Y que no pase nada que lo caliente un poco. Que piense en todo lo que tenía, y tenga ganas de llorar, al saber que no quedaré por las tardes con mis amigos. Que no pasaré noches en vela con aquel que fuera a compartir mis sueños. Que sus ojos no fueran lo primero que viera cada mañana, ni sus dedos acariciándome la espalda los que me despertaran. Sus labios con los que soñara, sus manos las que acercaran mi cara a la suya, sus brazos los que me rodearan para no dejarme escapar nunca. Ni su voz, la que me dijera incansablemente que me quiere, que le gustaría que yo fuera esa viejecita de 90 años a la que siguiera viendo en su cama, de la que no se pudiera cansar jamás.

Sueños. Son eso, solamente eso. Están para darte esperanzas de un futuro bonito. Pero, ¿y si te despertaras antes de que acabaran? En realidad, no deberían tener final. Cada uno tendría que tener su propia pluma en la mano.

Entonces, escribamos nuestra propia Historia. Y sigamos haciéndolo. Siempre.

No hay comentarios:

Publicar un comentario