Dicen que a veces un solo acto puede cambiar toda una vida, aunque haya otros que piensen que las cosas pasan porque tienen que pasar, que no importan nuestras decisiones. Bien, yo soy de ese primer grupo de gente. No creo en el destino, y probablemente no lo haré nunca. No creo en un dios, no creo en la magia, no creo en el futuro, no creo en los cuentos con finales felices. Lo único en lo que creo es en las personas, y en la capacidad que todas ellas tienen de moldear su vida. En esa tremenda maraña de hilos que se enredan unos con otros, que se rompen, que se cortan, que se añaden, todo por pequeñas casualidades y acciones. En ocasiones, lo que hagas te puede salir bien, o puede tener un final oscuro. Otras veces, en cambio, no depende de ti. Incluyes a más personas, con sus propios intereses... y puede que un día tú ya no seas uno de ellos.
Hubo un tiempo en el que luché por una causa perdida, por una oportunidad que no llegaba, por algo en lo que hacía falta otra persona... y caí, tropecé, volví a caer, repitiendo el ciclo tantas veces que perdí la cuenta. No hacía caso de nadie y continué sin dormir, con poco apetito, sin ganas de seguir adelante. Llegué al límite de lo que un ser humano puede soportar. Al final creí atisbar un retazo de esperanza, que sólo sirvió para hundirme más aún. A pesar de todo, no abandoné. Lo intenté una última vez. ''Mañana hablamos de todo esto''.
He dicho que las casualidades que pueden cambiar una vida, además de los actos de las personas... pero también las oportunidades que dejamos pasar. Y todo puede salir de manera que te arrastren de nuevo al pozo. Por suerte, algo tan simple como una sola llamada cambió radicalmente mi vida. O más bien, el no recibirla.
Nunca volvimos a hablar del tema. Nunca supo, ni seguramente sabrá, todo lo que tenía que decirle. Nunca dijimos todo aquello que nunca deberíamos habernos callado. Nunca nos explicamos, y nunca nos acabamos de entender. Nunca me llamó aquella mañana... y esa decisión de no marcar nueve dígitos en su teléfono lo cambió todo, junto con la noche anterior. Un nuevo hilo, un nuevo hilo que quiso pelear por entrar en el tapiz. En mi tapiz. Lugar y momento exactos, situación adecuada. Una segunda oportunidad de hacer las cosas bien... con otra persona, contigo. Me rendí, ¿y sabes qué? Nunca, repito, nunca, me alegré tanto de que no me llamaran. Nunca me arrepentiré de haberme rendido y haber apostado por ti.
Este es el verdadero principio de nuestra historia. No lo fue conocerte, ni hablar contigo, ni saber de tu existencia desde un día en el cine cuando te vi con unas amigas, tuyas y mías. Fue una noche a las tres de la mañana, y una ''no-llamada''. Fue cómo me ganaste en poco menos de una semana. Y todo continuó con un número que no olvidaré. Veinticinco. Un número grabado ahora en una pulsera... y lo más importante, en mi corazón.
¿Sabes qué? Sí, ya lo sabes.
Te quiero.