Y aquí sigo un día más. En las sombras, vacía desde que ya no estás conmigo, sin ilusiones. Ya ni miro el móvil, ni me fijo en los mensajes privados, porque sé que no vas a ser tú. Lo más parecido a antes que hago, es ver tu nombre en el chat, mirando una vez más lo bien que suena... pero nunca llego a darle al botón, sólo me quedo quieta contemplándolo como la idiota que soy. He decidido guardar el poco orgullo que me queda. Si alguna vez me echas de menos, cosa que, la verdad, dudo mucho, sabes lo único que tienes que hacer. Sabes que aunque me diga que no, aunque le diga que no a los demás, voy a seguir esperando mucho tiempo, no te olvidaré al menos hasta que me digas que no me quieres, porque ese día sabré que he perdido. Puede que haya dejado de luchar, pero no me he dado por vencida, porque tú un día me enseñaste que la esperanza es lo último que se pierde, y sin ella no merece la pena seguir viviendo.
Ayer volví a tocar la felicidad durante unos instantes. Mi corazón se acordó de cómo latir unos momentos, hasta que fue suficiente para que esa parte de mí que se empeña en autodestruírme se pusiera en marcha otra vez. Volvió a apagar esa tenue luz que por un momento lo volvió a iluminar todo. Y volvieron las dudas de estos últimos días, pero, ¿sabes qué? Hay una cosa que me quedó clara. Nunca más voy a cometer los mismos errores de siempre, no voy a volver a poner en tela de juicio mis sentimientos. Nunca voy a dudar que te quiero. Y sobre todo, es hora de empezar a dejar de hacerte daño. A dejarte espacio, y a dejar atrás la rutina, porque al fin y al cabo, aburre, apaga la magia.
¿Si pudieras pedir un sólo deseo, cuál sería? La respuesta para mí, estoy segura, es otra oportunidad. Hacerlo bien desde el principio, y sin un final... porque esta vez no le pondré un punto a esto. ¿Un sueño? ¿Un deseo? Tú.
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